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Cultura 10 de septiembre de 2021

Tiene 15 años y es marplatense, escribió un cuento sobre Ana Frank y ganó el concurso

La joven Paloma Doti fue premiada por el Centro Ana Frank Argentina por su cuento "Ojos muy abiertos", que podés leer acá.

Paloma Doti, una adolescente de quince años de Mar del Plata, ganó el concurso literario “De Ana Frank a nuestros días”, que organizó el Centro Ana Frank Argentina.

“Ojos muy abiertos” es el cuento que escribió Doti, quien imaginó los últimos momentos de vida de la adolescente judía que falleció de fiebre Tifus en un campo de concentración en 1945, durante la Segunda Guerra Mundial.

De Frank es mundialmente conocido su diario, en el que relata el encierro que vivió junto a su familia, para evitar que el régimen nazi los descubriera y los llevara a un centro de exterminio, lo que finalmente sucedió.

Sensible a esa historia trágica, Paloma contó a LA CAPITAL que releyó varias veces el famoso “Diario de Ana Frank”. Y a la hora de participar de este concurso, encontró tema para su cuento.

“Intenté ponerme en la mente de Ana Frank -dijo-. Ella creía mucho en Dios e imaginé que en la mitad de la noche, ya enferma de Tifus, escucha las campanas y tiene una conversación con Dios, y reflexiona sobre las injusticias, la esperanza, el legado que quiere dejar. De eso se trata el cuento”.

Para Doti, la historia de Frank es un símbolo del horror. “Es como ponerle una cara al Holocausto, uno se mete en la vida de Ana, a ella le gustaba el arte, el cine, el amor y el diario termina abruptamente. Y uno se queda pensando en cómo una persona puede ser arrebatada de su vida, una en millones”.

La joven que cursa cuarto año en el Instituto Argentino Modelo concluyó que ese relato triste y cruel de la vida de Ana Frank sirve para “recordarnos que estas cosas no pueden suceder” y para “estar atentos a los discursos de odio que a veces dejamos pasar”.

El premio por haber ganado este concurso será la publicación del cuento en una antología con otras obras seleccionadas. Y otro de los premios es la participación en un seminario de proyectos educativos que busca estrategias para evitar la violencia y los discursos de odio en la sociedad contemporánea.
Leé acá el cuento “Ojos muy abiertos”:

 

 

Siempre había imaginado que el aroma de la muerte venía acompañado del de las flores. Pero allí no había flores, cementerio o alguien para llorar a esa pobre mujer tumbada a su lado con los ojos muy abiertos y con el rostro mostrando sorpresa (probablemente porque esa hubiera sido su última expresión). Llevaba varias horas pegada a ese cuerpo. Miraba el techo de maderas finas que dejaba pasar el frío justo en la parte donde ella dormía. Sus huesos ya no eran protegidos ni por carne ni por grasa. Solo los cubría una piel ahora escamosa. Las frías y duras maderas de su cama sin colchón, sin mantas y sin respaldo se clavaban en su esqueleto. Su cuerpo se escabullía entre los tablones faltantes en la litera.

La joven no estaba preparada, no se suponía que la muerte estuviera cerca tan pronto. Tendría que estar preocupada sobre qué vestido usar o adónde viajar. Ante estos pensamientos, volvía a ver al techo intentando encontrar formas en las manchas de humedad como hacía siempre para distraerse. Esa vez no pudo. Solo pudo llorar. Intentaba acallar su llanto. No podía despertar a los demás o a los guardias, así que inspiraba todo el aire posible y cerraba su boca, metiendo los labios hacia adentro, apretando los ojos y cubriéndose la cara con las manos. De pronto las escuchó. Le costó reconocerlas. Pero cuando lo hizo, una alegría le invadió el cuerpo.

Eran las campanas de la Westerkerk que tanta paz le solían dar. Sin poder creerlo, se quedó un par de minutos quieta, oyéndolas, fijando sus ojos en la nada, perdida en sus pensamientos y en ese sonido. Ante la sorpresa, sintió un repentino escalofrío por todo su cuerpo. Cada vez que las oía, surgía una especie de presión en su estómago y en su pecho. Como poseída por ese sonido -que en el silencio de la noche le recordaba que afuera había una vida- bajó por las escaleras de la litera, dejando atrás a ese cuerpo inerte. No entendía cómo era que sonaban allí. Caminó sigilosamente por el pasillo que estaba entre las dos filas de camas sin colchón, sin mantas y sin respaldo. Todos dormían excepto ella: las campanas la estaban llamando. Cada vez sonaban más y más estruendosas. Por un momento dudó. Pero finalmente salió a esa especie de patio que fue lo primero que había visto cuando llegó al campo.

Dejó las huellas de sus pies en el polvo del piso. El sol recién estaba saliendo. Entre la poca luz y la niebla no se podía ver con claridad. Estaba completamente sola después de meses sofocada por cuerpos sucios y enfermos. Intentaba hacer el menor ruido posible. Los guardias oían hasta los suspiros. Se encontraba allí, en el medio del campo con lo que quedaba de su traje a rayas azules y blancas, que ya era más parecido a un harapo sucio. El frío le llegaba a los huesos, haciendo que sus dolores fueran aún más intensos. Las campanas dejaron de sonar. Alguien le apoyó una mano en su hombro. Aterrorizada, giró su cabeza lentamente hasta que descubrió que esa mano provenía del hombre más alto que hubiera visto en su vida. Al darse vuelta, se encontró con un pantalón recto y negro. Y al levantar la cabeza, descubrió que ese pantalón formaba parte de un traje de saco y corbata. El hombre tenía ojos bondadosos y una sonrisa perfecta, pero también el ceño fruncido y los rasgos muy marcados. La muchacha lo reconoció al instante. Ahora sus lágrimas eran de emoción.

-¿Por qué lloras?

-Es que no puedo creer que realmente seas tú el que está parado frente a mí. ¡Hay tanto que debo decirte!

Estaba temblando: de frío, y de nervios. Alrededor estaban esos bloques superpoblados, llenos de gente enferma retorciéndose de dolor; llorando, extrañando a su familia. Entre todo lo malo, de repente, estaba Él. Él sabía, y ahí estaba, como siempre que la muchacha lo necesitaba.

-Entonces dilo – le indicó.

-Siempre pienso en ti. Si no fuera por eso, hoy no estaría aquí. A veces vienen a mí ideas oscuras, en las que te culpo por haberme llenado de esperanza, por haberme sometido a esfuerzos inhumanos durante años para que igualmente sufriera el peor final; para que mi pueblo sufriera el peor final. Pero entiendo que no puedo quejarme porque solo acudía a ti cuando el miedo me invadía, mientras que cuando fui feliz y superficial no lo hice. ¿Por qué debería esperar compasión o consideración alguna?

Él le secó las lágrimas con el puño de la manga de su saco, mirándola con ternura. Ella dejó de llorar inmediatamente después de que esa mano rozara su cara.

-Mis ojos siempre estarán sobre ti y mis oídos siempre escucharán tus palabras- le respondió.

-Entonces escúchame: no hay pena que merezca tal castigo. Sé que pude haber sido ignorante, parlanchina y maleducada. Pero después de las pruebas por las que me hiciste pasar, soy responsable, trabajadora y profunda. Y sé que podría mejorar aún más si tan solo me dieras la oportunidad. Sé que con fe en ti y en todos los que me rodean podré seguir adelante.

-No es mi responsabilidad elegir el rumbo de tu vida. Sé que no lo entenderás aún, pero no está en mí y tampoco en ti.

Siempre que ella tenía frío o enojo, ponía un pie sobre el otro. En el primer caso, simplemente los frotaba para no congelarse. En el segundo, presionaba el uno contra el otro con toda la fuerza posible, descargando toda su furia. Ahora estaba enojada.

-Tú, creador de los cielos, de los mares, de las flores, de los animales, del humano… ¿tú no puedes darle la oportunidad de ser una mejor persona a una niña que paga el mismo castigo que un asesino, sin haber cometido ningún crimen? Eres todopoderoso cuando se trata de hacernos adorarte, pero impotente cuando se trata de devolver todo el amor y la fe que depositamos en ti día a día. Siempre he dicho que nunca me dejaste sola, y que jamás lo harías. Cumple con mis expectativas ¡No me dejes!

En esos ojos bondadosos y en ese ceño fruncido se encontraban todas las respuestas a las preguntas que la humanidad se llevaba haciendo desde el inicio de los tiempos. Estaba ante el autor de todo lo que alguna vez había visto. Siempre se había imaginado ese encuentro en un valle lleno de flores, rodeada por montañas y lagos, después de su muerte luego de una vida longeva. Iba a estar reflexionando sobre pecados y virtudes, cara a cara con la naturaleza, que para ella también era Él. Pero hasta ese momento no se había dado cuenta de que Él también era ese campo frío, inmenso y sucio. El lugar era solo cuestión de azar. Y el tiempo, también.

-¡Annelies! Sería injusto quitarles la posibilidad a los humanos de decidir el rumbo de sus vidas. La bondad no se impone. Jamás será abandonado aquel que ha sentido como deber, amar y creer.

-He sacrificado placeres y callado ante injusticias para llegar a tu bondad y modestia, para ahora enterarme de que ni tú lo logras. Me estoy ahogando y con un salvavidas en tu mano, decides no salvarme. Es fácil decir que estas son pruebas que debemos superar cuando tienes la seguridad de la vida eterna y la comodidad del paraíso. Me había cuestionado muchas veces tu existencia, pero jamás tu bondad. Hubiera preferido que no existieras a descubrir que sí estabas ahí, viendo este absurdo infierno; con gente muriendo de dolor, llorando y extrañando a su familia, sin hacer nada al respecto.

El sol ya había salido y la neblina se disipaba. Los dos podían, finalmente, verse con claridad. Decían con la mirada lo que las palabras no podían expresar. Ella estaba sorprendida; notó que los puños de Dios estaban cerrados con fuerza, mostrando lo que interpretó como un signo de humanidad en Él.

-La ira conduce al mal. Las palabras hirientes reflejan la necedad. Hay muchas maneras de evitar que alguien se ahogue. Tú, Ana, tan querida siempre por mí, ¿no crees que es injusto juzgar las decisiones sin haber presenciado las consecuencias?

-Despertaba cada mañana sin saber si sería la última noche en mi cama. Me arrancaron mi mundo, que ya nadie podrá devolverme. Nunca más vi una película o salí a andar en bicicleta con mis amigos. Me trataron como la imagen que esas bestias tenían de los judíos, pero nunca como el ser humano digno que soy. He tenido deseos de afecto, confianza y cariño. He renunciado al pudor. Quería sentir la primavera, salir. Soy un pájaro al que le han cortado las alas. Siempre me convencía a mí misma de que era un sacrificio para que al final de la guerra pudiera hacer todas estas cosas maravillosas. Sin embargo, aquí me encuentro; sin alas para volar otra vez.

Ana, con una mano en el pecho y buscando comprensión en los ojos bondadosos que miraban con tristeza hacia abajo, siguió:

-Hanneli aparecía en mis sueños constantemente, sentía su aroma, veía su piel. Ella me imploraba que la ayudara y yo, en mi refugio con calor, conversaciones, libros y comida, sentía la culpa como una mochila muy pesada en mi espalda. ¿Por qué ella y no yo? Esa pregunta me mantenía sin dormir. Me sentía egoísta cuando me preocupaban superficialidades como mi propio espacio. Te rezaba todo el tiempo para que la protegieras. Cuando pedía por ella, pedía por todos. Los veía desde la ventana de mi cuarto. Cada paso les costaba, no habían oído de una comida decente en meses y su cuerpo lo hacía notar. Arrastraban sus esqueletos con la poca energía que les daba el pan por el que tenían que mendigar por toda la fría ciudad, mientras vestían trapos sucios y rotos.

La mano que estaba apoyada en su cabeza tuvo que retirarse rápidamente, quedó pegajosa por la mezcla de calor y sudor que brotaba de su frente. La abrazaba el frío más fuerte que al resto. La abrazaba tan fuerte que intentaba escaparse de sus brazos sacudiendo todo el cuerpo, chocando repetidas veces sus dientes. Su cuerpo dejaba de ser suyo, se lo llevaba el frío.

-Me la pasaba observando a la gente pasar del otro lado de la ventana, pensando en cómo podría ayudarlos. Les mandaba fuerzas a través de ti. Y mientras lo hacía, pensaba en Hanneli todo el rato: ¿qué diferencia hay entre ella y yo?

Sus rodillas se rasparon cuando cayó vencida al piso de piedras. El ardor de la herida recién abierta no le dolía tanto como su propio relato.

-Pero ahora alguna niña feliz, sana e instruida observa desde alguna ventana a este esqueleto en que me he convertido, que busca pan en el frío mientras viste trapos sucios y rotos. La mochila de la culpa ya no me parece tan pesada en comparación. Respondí finalmente a mi pregunta: Hanneli y yo ya no tenemos diferencias. Soy Hanneli.

Él se agachó, la miró con cariño, y le ofreció su mano. Ana se quedó unos minutos observando sus dedos largos y su piel suave. Miró lo que la rodeaba, pensando que aun teniendo alrededor todos esos barracones hacinados, se sentía más sola que nunca. Entendió que debía aceptar la mano de su Creador. Se levantó gracias a Él, y volvieron a la posición inicial: parados, uno enfrente del otro.

-Ana, no temas. Siempre acompaño a mis hijos en el camino de la vida. La soledad no es opción para quien sigue, a pesar de las piedras en el camino, con esperanza y amor en su corazón.

-Estoy sola. Mi familia no sería la ideal, pero era lo único que me sostenía. ¡Oh, pobre Pim! ¿Quién sabe qué será de él, siempre tan bueno y comprensivo? Admiraba su modestia, su empatía y paciencia. Era la bondad personificada. Supe que el momento en el que nos separaron iba a ser la última vez que nos veríamos. Admito la debilidad de papá. No sé si habrá soportado las torturas que escuché que los hombres de su edad debían sufrir. Una mujer me dijo que ya no pensara más en él; seguro estaba en las cámaras de gas. Pim, ¿qué será de ti? Padre mío, ¡tu bondad debería ser garantía de vivir o morir dignamente! Si ya no está…

Ana empezó a llorar de nuevo. Puso sus manos en la cabeza, tirándose del pelo, sintiendo como un golpe que le hundía el pecho, la idea de Pim muerto.

-Si ya no está, espero que sepa que lo amaba más que a nadie, que él era lo más importante para mí. Que aspiraba a su aprobación y que era mi ejemplo a seguir. Que ante el miedo y los nervios acudía a él. Que, aunque me ocultase algo o fuese irracional, nunca podía tomarlo a mal. Él es y siempre será mi punto de partida y mi destino.

Cuando tenía esos pensamientos consumiéndome por dentro, mamá y Margot eran mis únicas esperanzas. Con su compañía podía soportar estar durante un período en el otro lado de la ventana. Sin embargo, me separaron de mi madre y me arrancaron a mi hermana. Mamá tenía muchos defectos, pero yo también. No era ni soy quien para juzgar a una mujer que ha sufrido tanto y que amó a nuestra familia. Ojalá lo sepa algún día: la amo. Ojalá me perdone por las heridas que le causé. Solo la idea de que no lo sepa me atormenta. ¡Fui tan egoísta y descorazonada! Me dan ganas de zamarrear a esa Ana tan cruel y desconsiderada. En todo este infierno ella siempre intentó apagar mi dolor. Se sacrificó por mí y por mi hermana. ¡Oh!, ¿cómo puede remediarse el dolor de una madre que siente que su hija no la ama?

Ana, tomándose las sienes y tartamudeando, continuó su relato:

-Cuando llevaron a mamá a otro campo de trabajo, Margot y yo prometimos protegernos la una a la otra, y seguir adelante si alguna de nosotras no podía hacerlo. Margot se rindió antes que yo. Siempre había envidiado su inteligencia, sus pómulos rosados y su modestia. – Al recordarla, Ana esbozó una sonrisa que rápidamente se convirtió en un suspiro de lamento-. Ella escondió su dolor y su miedo para no afectarme. Pero su cuerpo no pudo disimular y cayó en mis brazos. Lanzó sus últimos quejidos en un idioma que nunca pude determinar si era alemán, neerlandés o inglés. Y así me quedé completamente sola en este mundo. Con el cuerpo de mi hermana en mis brazos, pensé en que no podía cumplir mi promesa; no podía seguir sin ella, no podía seguir sola.

Su pecho se terminó de hundir por completo. La cara se le inflamaba por el llanto. Estaba roja: de frío y por las lágrimas. Su mano estaba en su corazón, como si así detuviera ese dolor infernal que sentía. Le costaba respirar. Tenía la sensación de que ella también se estaba por rendir.

Al verla debilitada, una mujer le robó su único pan y sus medias. Ella advirtió la situación, pero no intentó hacer nada. El picor y el sudor no la dejaron reaccionar. La mujer era consciente de que nadie iba a pelear por lo robado. Justo por eso lo hizo.

-Creer no me garantiza vivir. Nunca imaginé un futuro en el que yo no estuviera. Pensé que perseverar y tragarme las lágrimas era suficiente para seguir adelante. Sé que la Tierra puede girar aunque yo no esté. Pero aún no sé si acepto esa idea – dijo Ana.

-Como lo hizo tu familia, te comprenderé y consolaré. Solo necesitas confianza y fe. Nada podrá separarte de mi amor: ni el presente, ni el futuro, ni la muerte. Estaré con mis leales hasta el fin de los tiempos. Hasta que eso ocurra, no estarás sola.

Ana escuchó unos pesados pasos acercándose que la sacaron de sus pensamientos. Crujió la escalera de la litera cuando la suela gastada de una robusta mujer, resbaló en uno de los escalones. Siempre que entraba a la habitación todas se quedaban en silencio. La guardiana interpretaba como una señal de respeto lo que en realidad era un gesto de supervivencia. A esas alturas, todos sabían bien que ni esa mujer ni sus compañeros tenían alguna clase de límite moral, así que intentaban no llamar la atención y atenerse a las órdenes. Por eso el silencio. Como no pudo subir, tuvo que pedir ayuda. Señaló a tres mujeres. Tenían el mejor estado físico, pues habían sido las últimas en llegar. Eran las únicas que podían serle útiles.

-Ahora tú no comprendes lo que yo hago, pero lo entenderás después. Debes confiar en mí y en los caminos que pensé para ti. No temas. El dolor y la pena de perder a tus amados, serán recompensados. Fueron momentos difíciles, pero sigues de pie. Todo sacrificio tendrá su recompensa. – Sentenció Él.

-Cargo con todo este dolor y aun así sigo de pie. Sin embargo, no creo que haya nada que lo compense. Hay vacíos que nunca se podrán llenar. Fui condenada, sufrí la incertidumbre, el miedo, la depresión, y finalmente, la soledad. Viví todas las emociones que alguien de noventa años, solo que en menor tiempo. Una vida distinta, pero una vida.

Tomó mucho aire. Miró a un costado fijando su vista en el único signo de vida que había en ese lugar: un pino, en ese momento pelado y seco. Era alto, muy delgado y tenía un aire divertido y bonachón. A veces parecía débil, el viento se lo podría llevar en cualquier momento. Ana sentía miedo y ese árbol le daba paz. Exhaló y continuó su relato.

-No borres mi historia. Nada de esto debe ser en vano. Mi camino no debe ser en vano. Que el mundo siga girando. Pero, que de alguna manera, yo siga en él.

-Ana, suelta el timón. Déjame manejar tu barco y cumpliré tu deseo.

-¡Oh, Dios! No dejes que nadie olvide mi dolor para evitar el de muchos otros. Úsame como obstáculo en el camino de aquellos que prefieren el mal antes que el bien. Que recuerden mi nombre y se detengan al saber lo que causarían. Gracias por dejarme vivir para siempre, aunque sea en la memoria. Ahora, creyendo en tu palabra, como siempre lo hice, te entrego el timón.

Estaba cara a cara con Dios. Su dolor de cabeza era insoportable. Ya sin las medias, sus pies estaban muy fríos. Ponía uno sobre el otro, frotándolos entre sí para darse calor como hacía siempre. Esta vez no estaba funcionando. No podía manejar nada de lo que ocurría.

Los barracones, el cielo, el piso de piedras, todo fue invadido por un color madera. El único rastro que quedaba del antiguo paisaje era el cielo escapando por unos agujeros. Estaba ante los tirantes podridos y húmedos del techo. Desesperada y asustada, concentró de nuevo su vista en Él. Sus rasgos marcados se intensificaban. Su cara refinada se iba redondeando. La cabeza de Ana iba de la punta de un hombro al otro, repetidas veces. Le empezaron a doler las vértebras, que parecían estar al borde de dislocarse. Dios ya no tenía ojos bondadosos, ahora su mirada mostraba desprecio y asco. Sus dedos eran cortos y ásperos. Ana cerró los ojos en un momento en el que sintió que la fiebre la estaba venciendo. El dolor de cabeza le dio una tregua que duró apenas unos instantes. En esos segundos, volvió a abrir sus ojos, y ahí estaba Él.

Lanzó unas lágrimas de emoción al reencontrarlo. Pero el sudor, la picazón y los escalofríos volvieron. Y con ellos, la cara redonda, los ojos llenos de odio y las manos ásperas. Sentía punzadas en su cabeza. Entre cada una, el rostro enfrente de ella cambiaba: a veces aparecía la mirada compasiva y otras, esa mujer robusta. Dolor de cuello, fiebre, un murmullo constante, un rostro borroso, una mano abofeteando sus mejillas de un lado para el otro esperando alguna reacción para ver si estaba viva. El brazo de la robusta mujer estaba alejado del resto de su cuerpo, tal vez porque tenía miedo de contagiarse o simplemente porque la idea de tocar a Ana no le hacía ninguna gracia.

La guardiana siempre cumplía con las órdenes, así que dejó de lado el asco que le daba tocarla y cumplió con su deber. No importaban los medios si la ayudaban a cumplir su fin. Ana al principio había lanzado algunos quejidos incomprensibles, pero solo eso. Ahora estaba tiesa y no parecía reaccionar a las bofetadas. La guardiana puso sus dos dedos en la muñeca, justo debajo del pulgar de la judensau, pero no encontró su pulso. Solo descubrió picaduras ya sangrientas. Colocó su palma mullida delante de la nariz de Ana, pero no sintió ningún aire. Dando por terminada su tarea, bajó de la litera y se retiró del barracón.

——

Una niña de unos siete u ocho años buscaba un lugar para acostarse luego del largo viaje. Vio que la parte superior de una litera parecía estar vacía. Así que subió la escalera de madera, decidida a dormir allí. Cuando asomó la cabeza descubrió que no dormiría sola si elegía esa cama. Vio a una niña mayor que ella, con los ojos muy abiertos: su rostro mostraba sorpresa. Probablemente porque esa hubiera sido su última expresión. Se quedó observándola por unos minutos. No entendía cómo podía quedarse quieta por tanto tiempo. De pronto, un brazo la tiró de la escalera. La niña cayó de espalda, preparada para mirar con ojos desafiantes a quien fuera que la hubiese tirado. Pero descubrió con sorpresa que había sido su propia madre la que la había hecho caer.

-¡Mamá!

-¡No puedes acercarte a ella!

– Por qué?

-¿Quieres tener esas manchas rojas por toda la piel?

La niña negó con la cabeza.

La madre tomó de la mano a su hija y se fueron a buscar otra litera.

 


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